El pasaporte Covid comenzó siendo un mero trámite y actualmente ya es prácticamente imprescindible para poder hacer nuestra con la máxima normalidad posible. En los últimos meses algunos establecimientos han optado por pedir a sus clientes el certificado de vacunación para entrar al interior del bar o restaurante. Además, es necesario para poder viajar, especialmente cuando queremos visitar países como Alemania o Austria, donde lo exigen para entrar a algunas tiendas o incluso para coger el transporte público.
En primera instancia, tras completar la pauta de vacunación, nos dieron la posibilidad de obtener la versión del certificado en papel que, pese a ser el formato más tradicional, (puesto que no implica el uso de la tecnología) es la opción elegida sobre todo por los más mayores. Posteriormente, se puso a disposición de toda la población la modalidad digital, más cómoda, ya que puede llevarse en el teléfono como un código QR. Sin embargo, podría suponer un problema en caso de no tener batería en el dispositivo.
No obstante, podemos decir que ambas versiones conllevan ciertas ventajas, pero también desventajas. Es por ello por lo que la empresa sueca DSruptive Subdermal se ha atrevido a dar un paso bastante arriesgado, que para muchos puede ser controvertido porque si finalmente se pone en marcha podrían traspasarse ciertos límites.
El proyecto en cuestión se basa en la creación de un microchip subcutáneo para portar el pasaporte sanitario. Es evidente que esto suscitará críticas y especulaciones, pero la compañía insiste e incluso recomienda utilizarlo. Sus ingenieros informáticos han fabricado un pequeño microchip, del tamaño de un grano de arroz, que debe implantarse bajo la piel.
Lo curioso es que miles de suecos ya han confiado en esta práctica y lo llevan implantado como acreditación para entrar en la sede de la empresa en la que trabajan y como historial sanitario, para que en situaciones extremas y de urgencia puedan ser leídos utilizando la misma tecnología de pago sin contacto (NFC) que utilizan las tarjetas de crédito.
Es normal que al conocer este microchip nos venga a la mente la posibilidad de ser rastreados como si fuéramos dispositivos móviles. De hecho, este ha sido el principal motivo que ha causado revuelo en las redes sociales. Para calmar la situación, la propia empresa ha garantizado que no es rastreable y que solo puede activarse desde el exterior a través de un móvil o un ordenador.
Ante las críticas, algunos portadores han querido expresarse en Aftobladet para explicar con detalle las características del microchip. Amanda Back, responsable de un espacio dedicado a las nuevas tecnologías, ha explicado que responde a sus “necesidades”, “mejor que otros formatos” y protege su “integridad” y “confidencialidad” de sus informaciones personales. A ella se suma Erik, programador de 32 años, que lo considera como “una forma rápida, cómoda y despreocupada de llevar encima siempre lo necesario”.
Para defender su utilidad, Hannes Sjoblad, máximo responsable de DSruptive Subdermals, no ha dudado en hablar de lo que supone este microchip: “Un microchip implantado cuesta unos cien euros en el caso de las versiones más avanzadas, comparado con las pulseras inteligentes, que cuestan generalmente el doble, es mucho más económico. Además, un implante puede durar 30 o 40 años, mientras que una pulsera dura 3 o 4 años”.
También ha abordado el tema de la privacidad, se ha mostrado preocupado y “con gran inquietud” porque ha observado que la gente teme a los avances tecnológicos de este calibre, que muchos denominan como “tecnología de vigilancia”. Por ello, Sjoblad ha transmitido un mensaje tranquilizador, insistiendo en que “los microchips no tienen batería y no pueden transmitir señales por sí mismos, no pueden decir dónde te encuentras y solo se activan en contacto con un dispositivo”.
En cuanto a otras funciones del microchip, ha señalado que desde el punto de vista sanitario pueden ser de gran utilidad. Por ejemplo, para realizar controles sobre la temperatura corporal. Si bien ha dejado claro que en ninguna circunstancia apoyaría el uso obligatorio de esta tecnología. Por tanto, su uso será exclusivamente voluntario.
Luisa Del Hoyo Díaz
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